El gobierno sabe que cualquier medida que tome generará dificultades y que por lo tanto está obligado a elegir, con la promesa de futuros beneficios, las que causen el mal menor.
La mayoría de los electores que votó a Mauricio Macri y le permitió ser presidente, tenía en diciembre de 2015 una serie de expectativas, deseos y anhelos que esperaba sean satisfechos por el nuevo mandatario.
Hoy, a la distancia, conviene recordar que las causas de los reclamos al gobierno anterior y que se daba por descontado continuarían en una hipotética gestión de Daniel Scioli, se centraban en el cepo cambiario, en el impuesto a las ganancias, en el dólar atrasado (reclamado por los sectores del campo que además protestaban por las retenciones) el permanente beneficio a los movimientos piqueteros, el premio a la cultura de no trabajar a través de planes sociales, la utilización de los DDHH en favor de los victimarios y no de las víctimas, y otros más virtuales como “la soberbia”, las reprimendas por cadena nacional, las cadenas nacionales, “el tonito” de la presidenta, su “dedito acusador”, la “mentira” del INDEC y una larga lista de etcéteras .
Se puede concluir por lo tanto que el 51% de diciembre del 2015 y el 70% de imagen positiva de Mauricio Macri en los primeros meses del 2016 se fundamentaba más en los deseos y esperanzas de cambio de los electores que en las posibilidades que tenía el elegido en poder concretarlas.
La expectativa en el cambio se basaba en las promesas de Macri de despegarse radicalmente de las formas y contenidos del kirchnerismo, término que por otra parte fue, y es, utilizado como emblema de la antipolítica, el populismo y la corrupción.
Es paradójico, pero el anuncio “del mejor equipo de los últimos 50 años” y las promesas de institucionalidad, transparencia y verdad acotó severamente los márgenes de error que el gobierno podía utilizar y los que la sociedad que lo votó estaba dispuesta a tolerar.
No nos referimos al 49% que no lo hizo porque es evidente su disposición a no concederle absolutamente nada.
Si se analizan los gobiernos nacionales desde 1983 puede comprobarse que quienes ganaron cada una de las elecciones, lo hicieron con expectativas ciudadanas muy concretas: Alfonsín tenía que reconquistar la institucionalidad, Menem derrotar la inflación, De La Rúa mantener el rumbo económico, Duhalde reconstruir la confianza en la política, Kirchner lograr crecimiento, Cristina consolidar “el modelo”.
El desarrollo, y especialmente, el final de cada gestión, nos muestra que no es suficiente que los gobiernos cumplan y satisfagan la expectativa central y primera que se les demandaba, sino que la sociedad “les corre el arco” y aparecen nuevos y más potentes reclamos: a Alfonsín se le exigió después, que derrote a la inflación, a Menem que combata la exclusión social de millones de personas que produjo su “inflación derrotada”, a De La Rúa que haga frente a la inseguridad, a Duhalde que garantice la institucionalidad, a Kirchner que se despegue del “zurdaje”, que deje de buscar enemigos y abandone el clientelismo y a Cristina todo lo que mencionamos anteriormente.
La actual gestión presidencial presenta una diferencia con sus antecesoras pues al parecer el creciente malestar social no es producto de la insatisfacción de nuevos reclamos que aparecieron después de haberse zanjado los originales, sino que sería consecuencia de la continuidad y en algunos casos el agravamiento de aquellos aspectos que el 51% de la sociedad ya no quería y por cuyo destierro y eliminación votó en diciembre de 2015.
Obvio es destacar que el sector de las patronales del campo, junto al financiero, es uno de los pocos que está satisfecho con lo realizado por el gobierno nacional, pues la mayor parte de lo prometido se cumplió, y espera más bajas en las retenciones y un paulatino sinceramiento de la cotización del dólar.
La obsesión de Cambiemos de no parecerse en nada al kirchnerismo es declamada en forma permanente por sus integrantes que no desaprovechan ninguna oportunidad para despegarse en forma y contenido de sus antecesores, aunque sin dejar de levantar la bandera de la “pesada herencia”.
El problema es que en la percepción ciudadana “el gobierno dice una cosa y hace otra” y la sucesión de “perdones” ante hechos que no superaron la oposición política, ciudadana y mediática, para los de adentro suena como “arrugue ante cuatro gritos” y para la “contra” como demostraciones de ineptitud o de cinismo.
Si la percepción negativa se diese sólo en el núcleo duro de la oposición, para el oficialismo no tendría mayor relevancia, pero de acuerdo con los muchos sondeos de opinión el fenómeno se registra en quienes, sin ser macristas de paladar negro dieron su respaldo al cambio y hoy se sienten disconformes o por lo menos desorientados.
“Para mí que ustedes no ven la realidad” les disparó, como visitante, Mirtha Legrand.
Y los días de octubre están cada vez más cerca.
En mayo de 1985 y ante la fuerte pérdida de confianza, Alfonsín presentó el Plan Primavera que posibilitó un aumento de apoyo que llegó hasta casi el 70% y con el que ganó las elecciones legislativas de noviembre de ese año.
En 1991, 1uego de sufrir un fuerte rebrote inflacionario, Menem apeló al “uno a uno” de Cavallo que le permitió, entre otros aspectos, ser reelecto en 1995.
En el 2001, De La Rúa, se perdió en la rua y en la historia.
En el 2007 Néstor Kirchner privilegió un plan de permanencia y consolidación en el poder a largo plazo, no advirtió el creciente malestar y lo sufrió en el 2009 con -alica-alicate.
En el 2011 la sintonía fina anunciada por Cristina Fernández no se concretó y Daniel Scioli pagó las consecuencias.
Todos y cada uno de estos casos tienen un denominador común: un inicial y poderoso apoyo ciudadano (que en el caso de Néstor Kirchner se dio a partir del 22% que obtuvo en la primera vuelta en el 2003) que derivó con un final y no menos fuerte rechazo electoral.
Cuando Macri anunció las medidas económicas que afectaron el bolsillo de la mayoría, todas ellas fueron presentadas como gradualistas en oposición al “shock”, que se recomendaba desde la ortodoxia.
La percepción social de los pobres, nuevos pobres, clase media baja y clase media alta fue que el gradualismo gubernamental en realidad consistió en un fortísimo golpe en la punta de la pera.
“Fueron medidas durísimas, pero necesarias” dijo el presidente, avalado por el filósofo justicialista adaptable a la oferta, Julio Bárbaro, quien aseguró que de no haberlas tomado “el destino era Venezuela”.
El gobierno se encuentra con un dilema moral: o sea, una situación problemática en la que cualquier decisión que se adopte traerá dificultades y que obliga a elegir, con la promesa de futuros beneficios, la que cause menos problemas o el mal menor.
El problema es que para los economicistas el gradualismo de Macri es un mal menor que trae en su interior el peor de los peores males: la posibilidad de generar las condiciones que permitan la reproducción social de “nuevas aventuras populistas”.
Y desde una visión política el mal menor estaría dado por una baja “estacional” en la consideración de propios y extraños, que sería el costo a pagar para tener en octubre, y ya con una economía en franco crecimiento, un triunfo que otorgue la legitimación social para poner en práctica otras medidas que despejen definitivamente el camino al 2019 y de esa forma evitar el mal mayor que sería “retroceder en la historia”.