La política suele ser un territorio previsible donde rara vez se cuela algo de humanidad. Sin embargo, cada tanto, se cuela algo de verdad, un hecho imprevisible, donde la humanidad de los protagonistas, sus odios, amores, pasiones, obligan a romper el libreto.
La política suele ser un territorio previsible donde rara vez se cuela algo de humanidad. Para cualquier observador agudo, es bastante sencillo predecir las líneas fundamentales de un discurso de Cristina Kirchner, Daniel Scioli, Mauricio Macri o Sergio Massa. Uno conoce sus ideas, sus formas de defenderlas, sus clichés, y hasta la música con la que hablan. De eso, justamente, se nutren los buenos imitadores. Hasta el recorrido irregular de Elisa Carrió se ha transformado en un hecho común y habitual: que todos sepamos que, cada vez que habla, va a tirar un bombazo contra alguien no la hace más original.
Sin embargo, cada tanto, se cuela algo de verdad, un hecho imprevisible, donde la humanidad de los protagonistas, sus odios, amores, pasiones, obligan a romper el libreto.
Eso ocurrió el miércoles en la Cámara de Diputados, cuando la diputada de la Cámpora, Mayra Mendoza, calificó de traidor a Diego Bossio porque había sido elegido en una lista de diputados kirchneristas. Bossio se salió de su moderación habitual, desapareció de su rostro esa media sonrisa tan típica y les dijo de todo: hipócritas, padres de la derrota, mentirosos, lo peor de la política. Bossio y Mendoza se profesan un odio que sólo es posible entre quienes estuvieron muy cerca: como recordó Emilio Pérsico, ambos formaron parte de la misma cúpula de la Ansess. Al día siquiente, el camporista Wado de Pedro sostuvo que Bossio es macrista y que Cristina lo trató como un hijo y le dio todo, y que Máximo lo puso en el tercer lugar de la lista de diputados de la provincia de Buenos Aires. O sea, también lo calificó de traidor. Para defender al pueblo peronista hay que tener huevos y Bossio no los tiene, dijo De Pedro.
En este tipo de tole tole, los que participan siempre pretenden tener razón y, muchas veces, los de afuera miran todo con cierta diversión, con vocaciones de espectadores de un show ajeno, como si se tratara de una pareja que se tira con platos. ¿Para qué preguntarse quien tiene razón? Sería meterse en un lío de familia ajena, y uno nunca sabe cuál de las mitades de la historia es la más creíble.
En este caso, puede ser que ambos tengan razón. Mendoza dice algo cierto. Es muy sospechoso el antikirchnerismo del 11 de diciembre. Si alguien pensaba que la Cámpora es lo peor de la política hubiera sido elegante que lo dijera unos días antes de que Cristina dejara el poder, o que callara si lo recibió después. Bossio está tan apasionado por su derrotero que tal vez no perciba que su posición es muy dificil de sostener. ¿En serio se dio cuenta recién ahora? ¿Justo ahora?
Pero Bossio también tiene algo de razón. El sector de Mendoza, el cristinismo, hace años y años que sufre un goteo interminable de dirigentes. Alberto Fernández, Julio Cobos, Felipe Solá, Hugo Moyano. Facundo Moyano, Sergio Massa, Martín Insaurralde, Roberto Lavagna, Florencio Randazzo, una veintena de intendentes del conurbano bonaerense, son sólo algunos de los hitos del camino que llevó al kirchnerismo de ser un movimiento mayoritario a este momento en el que apenas cuentan con media docena de intendentes, una sola gobernadora de un territorio semifeudal, ningún sindicalista representativo. El bloque de diputados fue abandonado por los gobernadores peronistas y el de Senadores terminó conducido por otro de los antikirchneristas del 11 de diciembre. Seguir pataleando sobre los errores ajenos, cuando la Jefa se esmeró en designar a Amado Boudou, al propio Insaurralde, a Diego Bossio, a Miguel Pichetto, a José Ottavis, otra de las genialidades de la Cámpora, parece absurdo.
Si no es un traidor, como dice Mendoza, Bossio se parece mucho a ello.
Si la Cámpora, es decir, Cristina, no es la madre de la derrota, como dice Bossio, se parece bastante a eso.
En cualquier caso, uno escucha la batahola y no puede sino preguntarse cómo es que el kirchnerismo terminó más o menos entero: si estaba conducido a mitades por traidores y por sectarios, que son las cosas que se dicen los unos a los otros Tal vez en esa explosión de verdad se puedan encontrar algunas de las razones por las que Mauricio Macri ocupa hoy la Casa Rosada.
Hace muchos años, en el 2005, cuando todos los hiperduhaldistas traicionaban a su jefe y se hacian kirchneristas, el culto y experimentado Antonio Cafiero hizo un notable aporte para poder entender la lógica de esa traición en masa. Cafiero recomendó la lectura de un hermoso librito. Se llama Elogio de la traición y fue escrito por los franceses Denis Jeambar e Ives Roucaute. Tal vez sería bueno que los dirigentes de la Cámpora lo leyeran: de esa manera entenderían por qué, por ejemplo, el matrimonio Kirchner traicionó a Duhalde.
Algunos párrafos sirven como un buen ejemplo:
1 “En los avatares de un proceso siempre reiniciado y nunca terminado –dice– los políticos son objeto de frecuentes ataques bajo los peores pretextos. Ocultos detrás de la máscara del ciudadano, los moralistas, abogados de una sociedad quejumbrosa, los acusan de no cumplir sus promesas, de ceder a la demagogia, hija perversa de la democracia, de estar dispuestos a renegar de lo que sea con tal de conquistar y luego conservar el poder.” Los autores franceses citan, como no podía ser de otro modo, a Maquiavelo. “Todos comprenden que es muy loable que un príncipe cumpla su palabra y viva con integridad, sin trampas ni engaños. No obstante, la experiencia de nuestra época demuestra que los príncipes que han hecho grandes cosas no se han esforzado en cumplir su palabra...”.
2 “No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad, las mutaciones de la historia. La traición, expresión superior del pragmatismo, se aloja en el centro mismo de nuestros modernos mecanismos republicanos. El método democrático, adoptado por las repúblicas, exige la adaptación constante de la política a la voluntad del pueblo, a las fuerzas subterráneas o expresas de la sociedad... El déspota, hijo de la traición, aterrado por las conmociones de la vida, se apresura a proscribirla y, con ella, a todo el movimiento de la libertad.”
3 “La traición es la expresión política –en el marco de las normas que se da la democracia– de la flexibilidad, la adaptabilidad, el antidogmatismo; su objetivo es mantener los cimientos de la sociedad. En las antípodas del despotismo, la traición es, pues, una idea permanente que, a diferencia de la cobardía, evita las rupturas y las fracturas y permite garantizar la continuidad de las comunidades democráticas al flexibilizar en la práctica los principios preconizados en la teoría...”.
4 “Cómo pasar por alto, por ejemplo, que gracias a ella (la traición) España pudo avanzar hacia la democracia. Sucesor del todopoderoso Caudillo –muerto a los ochenta y dos años, después de treinta y nueve de ejercicio absoluto del poder–, Juan Carlos se convirtió en el fundador incuestionado de la democracia. Ningún destino puede ser más asombroso que el de este hombre educado para asegurar la continuidad del franquismo y que, apenas accede al poder, lo arroja por la borda. A la sombra del caudillo, contra él, Juan Carlos ya traicionaba su voto de lealtad y con ello preparaba el retorno de España a la democracia.”
Es difícil, desde la moral convencional, aceptar estos planteos. Sin embargo, más difícil es entender cómo puede ser que los políticos se acusen unos a otros de traidores cuando traicionan, por lo menos desde la definición tradicional de ese verbo, todo el tiempo.
La Campora, en ese sentido, se transformaría en lo que siempre odió: un representante de la antipolítica. ¿Cómo puede ser que haya traidores?, se pregunta. Es la política, le podrían responder. ¿Les suena de algún lado?