"Lo que importa es el rumbo estratégico. Y CFK y Mauricio cultivan el mismo: país primario asociado a la potencia industrial. El cambio de collar no cambia al perro. Y PRO o FPV es el mismo".
El triunfo de Trump pone en vidriera la bronca de millones de ciudadanos castigados por el modo que adoptó el proceso de globalización. Modo impuesto por las multinacionales con el concurso ideológico del neoliberalismo dentro de los partidos conservadores y social demócratas de Occidente.
El voto a Trump tal vez represente el interés y la necesidad de fortalecer la idea de los Estados nacionales y su capacidad para procurar el bienestar de los ciudadanos. Es decir que el Bien Común debe ser procurado y esa es la función primordial de los Estados. Algo olvidado y que se ha depositado en el mercado y en la globalización. Y no ha funcionado ni en un lado ni en el otro.
Esta etapa, no es la primera, empezó con Margaret Thatcher y Ronald Regan que lideraron una corriente de gobiernos que administraron la erosión del orden Occidental surgido de la Segunda Guerra Mundial. Ese orden era el de los Estados de Bienestar en cada país; y la idea, lo que no es poco, de contribuir al desarrollo económico de las naciones industrialmente atrasadas. Nosotros pertenecimos a esa segunda categoría: los que debían imitar los procesos de industrialización.
Durante ese orden, desde 1944 hasta 1974, nuestro PBI por habitante creció al mismo ritmo que el de Estados Unidos, la participación de la industria en el PBI llegó al 25 por ciento. Esa transformación estructural logró reducir la pobreza al 4 por ciento de la población y produjo un curso progresivo en la equidad distributiva. Desde entonces nos alejamos del ritmo de expansión yankee, nos desindustrializamos hasta ser una fábrica de pobres. Son hechos. Y hechos que ocurrieron bajo distintas administraciones, de corrientes diversas.
Paul Krugman, a finales del SXX, advirtió que esta sería la primera generación estadounidense que viviría peor que sus padres. James Galbraith y Thomas Piketty, entre otros, pusieron en evidencia el crecimiento de la desigualdad que debilita el espíritu de la democracia. Llevamos décadas en “La era de las expectativas limitadas” (P. Krugman)
¿Qué pasó? Las multinacionales, justificadas por el pensamiento de las usinas del neoliberalismo, impusieron un modo de globalización que, como todo proceso, adquiere modos y particularidades que, los que conducen, le imprimen. Juan Perón decía “la historia se cabalga”. Hay fuerzas poderosas, corrientes profundas, pero ellas pueden ser reconducidas, encaminadas, para evitar sus potenciales destrozos y aprovechar sus potenciales. No todo es inevitable.
El problema es que este modo de globalización está asociado, convive, a una redistribución regresiva del trabajo mundial promovida por las multinacionales. El capital migró a la búsqueda de salarios bajos; y los migrantes de los países más pobres lo hicieron hacia los más ricos, presionando, en los países que los acogían, los salarios a la baja. La globalización expone la dramática cancelación de oportunidades de vida en los países que expulsan a sus hijos. La globalización está muy lejos de ser un camino de solidaridad global.
Por razones que sería largo detallar, pero entre las que están las antes mencionadas, el Estado de Bienestar casi colapsó en Occidente. Fue la consecuencia del retroceso del sistema productivo.
Al retroceso del Estado de Bienestar sucedió el desempleo, la caída del salario real, la inequidad distributiva y la pobreza. Todos esos indicadores han tendido a borrar las conquistas de los “dorados treinta” en Estados Unidos.
Hubo muchos ganadores. La movilidad le permitió al capital aprovechar ese modo de globalización. Es cierto que también el trabajo suficientemente capitalizado (educación), que dispone de “movilidad”, le permitió ganar a un sector de los trabajadores. Y por eso Trump y el Brexit reflejan una fractura económica y social en el seno de las sociedades occidentales. Una recorrida por Occidente encuentra en muchos países el retorno de la pobreza, la declinación de la calidad de vida de los sectores medios, el discurso de que eso es inevitable, la fuga del capital producto del ahorro generado en esos países. No es nuevo. Hubo muchos avisos desde que empezó el Siglo XXI, crisis financieras y protesta social.
Los indignados, que llenaron ciudades europeas, reclamaban la reconstrucción del Estado de Bienestar. Es lo que dice textualmente “Indignaos” (Stephane Hessel, 2010).
Los indignados no reclaman el cambio del sistema, sino estar incluidos en él como lo estuvieron sus padres.
El primer vehículo de inclusión es el pleno empleo.
Está claro que ese objetivo social y económicamente prioritario supone otro modo de globalización. Objetivo social, porque la exclusión genera fronteras internas. Y económico, porque el desempleo y la pobreza contribuyen al déficit fiscal. En el SXXI difícilmente se tolere el abandono como política de equilibrio fiscal. Gran contradicción entre los valores de la democracia y la capacidad de mantener lo conquistado por parte de las elites políticas de nuestras sociedades.
El modo de globalización vigente, gobernado por multinacionales y burocracias internacionales, no es igual al modo de globalización posible gobernado por los Estados Nacionales y los valores esenciales de la democracia.
La globalización posible tiene como eje central “las desvinculaciones selectivas” que protegen el empleo local. La globalización tratada como sinónimo de comercio libre, que es lo predican algunos economistas locales, significa desempleo e inequidad. La receta del “comercio libre a cara de perro” no lo avala la historia de los países exitosos a lo largo de los siglos y tampoco la teoría económica.
Los teoremas más abstractos sostienen el poder maximizador del PBI mundial, pero no la generación de una distribución equilibrada de esos beneficios.
Es que todo crecimiento no regulado por el Bien Común acrecienta el poder de los ganadores y empobrece a los perdedores.
Trump – más allá de su ideología – ha denunciado la perdida de millones de trabajos industriales bien pagados, sostiene la necesidad de proteger el trabajo local (“proteccionista”) y se ha manifestado crítico de los acuerdos de libre comercio, de todos los que firmó y está por firmar Estados Unidos.
Esta posición “estratégica” fue sostenida por el candidato de izquierda Bernie Sanders quien influyó notablemente en Hillary Clinton en el último tramo de la campaña.
Pero además Trump ha sido muy duro y amenazante para los privilegios del sector financiero y ha declarado su compromiso con los programas sociales de Barack Obama.
Tal vez esas propuestas para los muchos perdedores de la globalización hayan sido una motivación para el voto.
Nuestros dirigentes, la Canciller, el Presidente, alimentados a base de encuestas, adelantaron su rechazo a Trump. Rompieron las reglas de la diplomacia. Y según La Nación, ahora, Macri “ordenó preservar la relación con Trump” ¿Cuál?
Somos un país de traductores. Por eso llegamos tarde.
No hace un mes nuestros ministros fueron a Estados Unidos a procurar el ingreso al Tratado de Libre Comercio cuando había señales que ese club estaba por cerrar. En todo caso la elección yankee les dio una sorpresa y le puso la nota de “tarde” a un viaje no demasiado pensado.
Pero hay otra sorprendida en esta semana: Cristina Kirchner. No me refiero a las páginas policiales. En todo caso esas serán sorpresas de enojo.
Hay una que la debe haber hecho feliz. Mauricio Macri ha declarado ser el continuador del principal proyecto estratégico K.
En el último reportaje sin medias que el Presidente le brindó a “La Nación”, definió su visión estratégica.
Una visión que augura la continuidad de la cadena de errores que nos seguirán costando muy caro en términos de calidad del empleo e intercambio equilibrado.
Dijo el Presidente, la “la alianza estratégica con los chinos nos beneficia para esto, son grandes fabricantes de infraestructura, ferroviaria también, como la energía y tantas cosas, y ellos necesitan lo que vamos a producir nosotros, que son más alimentos”.
Exactamente esta fue la definición estratégica de Cristina Fernández y Axel Kicillof. Los firmantes deciden consagrar definitivamente sus estructuras productivas: uno industria y valor agregado, otro alimentos y naturaleza.
Esta ratificación de Mauricio establece lo que no vamos a hacer. No vamos a promover la solución del problema ferroviario apelando a la capacidad todavía existente, la dormida, y la posible de desarrollar en el país en materia ferroviaria.
Ni siquiera vamos a imitar al gobierno del Estado de Río de Janeiro que - el mismo día que Florencio Randazzo importaba al contado, llave en mano, formaciones ferroviarias enteras desde China – negoció un crédito a 10 años con la firma Alstom con el compromiso de participación de la industria brasilera en el 60 por ciento de la provisión de las formaciones ferroviarias. Un abismo entre la “estrategia” brasilera y la kirchnerista.
Similares planteos actuales en materia de energías alternativas. Hay un vasto programa para incorporar esas energías. Un acierto. Pero ¿cuánta incorporación de tecnologías de producción y cuánto trabajo local en los equipos (no cemento) nos hemos asegurado?
El planteo estratégico en común del FPV y del PRO define aquello que no vamos a hacer.
En la concepción K antes, y en la de Mauricio ahora, no figura la reconstrucción – con transferencia tecnológica – de los saberes que alguna vez tuvimos. Eso “infraestructura, ferroviaria también, como la energía y tantas cosas” es lo que en la “alianza estratégica” está a cargo de China.
De las palabras de Macri se desprende también lo que sí vamos a hacer. No es nuevo. Es lo que puso en práctica Cristina. “Ellos (los chinos) necesitan lo que vamos a producir nosotros, que son más alimentos”. Compramos fierros y pagamos con alimentos. La diferencia negativa de la balanza comercial, que antes del acuerdo estratégico Kirchner-Macri era monumental, se zanjara con crédito chino. Es decir deuda externa. El camino del endeudamiento con China que inició Cristina.
Los funcionarios PRO creen que, lo dice Mauricio, “la alianza estratégica con los chinos nos beneficia”.
La definición estratégica de CFK es compartida por MM. Es una sorpresa para Cristina. Una ratificación de su único planteo estratégico realizada por el adversario.
Los dos han hecho una lectura de la globalización equivocada, primero, y además a contrapelo de la historia. Hay otro modo de globalización compatible con la reconstrucción del Estado de Bienestar y el desarrollo de nuestras fuerzas productivas,
Arturo Jauretche decía “el subdesarrollo de un pueblo empieza por su mentalidad”. El subdesarrollo se mantiene por la mentalidad de su clase política.
El subdesarrollo es impedir poner en acto el potencial de una sociedad. Poner en acto implica procurar la diversificación y evitar la especialización productiva.
Dos sorpresas. Una que muchos Yankees hayan expresado su hartazgo del “no a la diversificación” que le ha impuesto este modo de globalización. Otra que el FPV y el PRO hayan coincidido en la estrategia de la primarización dependiente.
La suma de ambas, para nosotros, es una mala noticia. Las malas siempre sorprenden porque abaten la esperanza.
Es lo último que se pierde. Esta sorpresa Trump puede que nos ayude a volver a pensar el rumbo. El rumbo, que digan lo que digan los K, que marcaron todos los que ocuparon espacios de decisión desde 1975 para acá. Las palabras no importan. Tampoco los hechos “cortos”, una medida acá otra más allá. Lo que importa es el rumbo estratégico. Y CFK y Mauricio cultivan el mismo: país primario asociado a la potencia industrial. El cambio de collar no cambia al perro. Y PRO o FPV es el mismo.
El país necesita otra estrategia. Una de desarrollo. Que es la que olvidamos y que ejecutamos, a los tumbos, entre 1944 y 1974. Esos 30 años los estamos dilapidando hace 40. Una nueva estrategia. Urgente.