La AFA no tiene defensa alguna: hizo todo mal. Las culpas dirigenciales quedaron groseramente al desnudo
Pasó lo que tenía que pasar: el fútbol argentino, hundido en una de las mayores crisis de toda su historia, le dijo adiós a los Juegos Olímpicos en primera ronda. La AFA, devastada en todo sentido por la ineptitud, por los intereses, por las hipocresías y por los despilfarros descomunales de la dirigencia, prácticamente empujó al abismo a una Selección que -en realidad- nunca fue una Selección. Porque perdió a su entrenador (Gerardo Martino) cuando había que iniciar el camino. Porque sufrió una mayúscula sangría por la negativa de los clubes a entregar jugadores. Porque se convocó de apuro a Julio Olarticoechea para apagar el incendio que se vislumbraba, de manera inexorable, en el horizonte. Porque se armó una gira absurda por Estados Unidos y por México cuando los Juegos eran en Río de Janeiro. Porque la desorganización, al fin de cuentas, alcanzó niveles tremendos. Y letales. La AFA no tiene defensa alguna: hizo todo mal. Las culpas dirigenciales quedaron groseramente al desnudo. Punto y aparte.
El desbarajuste de afuera, de todos modos, no exime de responsabilidades al cuerpo técnico y a los futbolistas, que lejos -muy lejos- estuvieron de estar a la altura del acontecimiento. Y al margen de la severa confusión táctica de Olarticoechea, que seguramente llenó de inseguridades y de vacilaciones a sus dirigidos, el rol de los intérpretes principales resultó paupérrimo. Y los que juegan, como diría Perogrullo, son los jugadores. ¿Los jugadores argentinos jugaron en Brasil? No, ni un poquito. Puede entenderse que el fútbol se emparejó (hacia abajo, convengamos), pero Argentina le ganó por un solo gol de diferencia a Argelia y no pudo poner de rodillas a Honduras, en el compromiso que necesitaba triunfar para seguir con vida en el torneo. Cualquiera sabe que argelinos y hondureños se encuentran en las antípodas de la elite de la número cinco. En estos Juegos, pareció que los argentinos ocupaban el mismo escalón que dos de sus rivales... O sea: algo anda muy mal en nuestro fútbol.
Todo esto puede desembocar en dos lecturas: 1) el futbolista argentino está sobredimensionado por el ambiente; es menos de lo que la gran mayoría cree; 2) el peso de la camiseta celeste y blanca es diez veces mayor que la de sus clubes y no pueden soportar la presión. Jonathan Calleri, Angel Correa, Giovani Lo Celso y Cristian Pavón, los que ayer jugaron como titulares de tres cuartos de cancha en adelante, cuestan -sus pases- millones y millones de dólares. O de euros, para estar a tono con el mercado europeo. ¿Y? ¿Qué hicieron? ¿Un exponente de la categoría (supuesta) de Calleri puede desperdiciar las chances de gol que desperdició en estas tres olvidables presentaciones? ¿Por qué un velocista como Pavón terminó envuelto en el barullo, eligiendo mal la opción en ocho de diez oportunidades? ¿Qué razón existió para que Correa o Lo Celso no hayan conseguido el desequilibrio que hacía falta para que sus habilidades lastimasen en serio a adversarios de muy menores potencialidades? ¿Por qué la rebeldía y el fuego sagrado estuvieron ausentes sin aviso? Las privaciones alcanzaron a todos, salvo alguna excepción (Gerónimo Rulli, más allá de su infantil error ante Portugal). Y llevan a un dilema: ¿con la ropa de sus equipos cuestan millones y con la de la Selección, cuestan pesos? Muchos jugadores de la Selección mayor también están sobrevalorados, pero al menos acceden a las finales de las competencias. Estos muchachos de los JJ.OO. no superaron la porción de apertura... No más palabras.