Derrotar a quien maneja fondos públicos es cada vez más difícil como lo prueban partidos hegemónicos y reeleciones indefinidas en las provincias en que que esa práctica antidemocrática está autorizada. Por eso hay dirigentes que cuentan que el ex presidente Néstor Kirchner -un verdadero conocedor del tema- decía en privado que sin dinero no se podía hacer política.
La corrupción a gran escala no es neutra políticamente y termina por afectar la vida democrática. Con dinero se compran dirigentes y aparatos políticos, se controla elecciones, se tuercen voluntades y se reduce la oposición a una expresión testimonial. Nada que no haya podido comprobarse hasta el cansancio en los últimos años, pero que los trascendidos sobre la confesión del "arrepentido" Leonardo Fariña devolvieron al tope de la agenda.
Derrotar a quien maneja fondos públicos es cada vez más difícil como lo prueban partidos hegemónicos y reeleciones indefinidas en las provincias en que que esa práctica antidemocrática está autorizada. Por eso hay dirigentes que cuentan que el ex presidente Néstor Kirchner -un verdadero conocedor del tema- decía en privado que sin dinero no se podía hacer política.
Sea esa afirmación verdadera o sólo una leyenda, lo cierto, paradójico y peligroso de la situación actual es que la corrupción se ha incrementado vertiginosamente bajo la democracia, el mismo régimen al que amenaza.
Lo que no quiere decir que haya una relación causa-efecto entre democracia y corrupción; lo que hay, en cambio, de manera obvia es un un fenómeno cuantitativo que está quedando al descubierto.
Desde su restablecimiento en 1983 la democracia consiguió consolidarse cultural y políticamente. Uno de sus logros más notables -y sorprendente para muchos que habían vivido décadas de golpes de Estado y de gobiernos civiles tutelados desde los cuarteles- consistió en la eliminación de los militares cono factor de poder. Con la corrupción pasó lo contrario.
Si se compara los niveles de corrupción de los 80 con las los registrados a partir de 2003, la diferencia es alucinante. También lo es el aumento de la presencia del estado en la economía Ñen particular en la última décadaÑ y el crecimiento de la presión impositiva en porcentaje del PBI, lo que permitió a los políticos manejar fondos con los que ni hubiera soñado un Raúl Alfonsín.
De todas maneras tampoco debe hacerse responsables de la corrupción exclusivamente a los políticos. En las coimas con la obra pública, los servicios públicos y las concesiones petroleras, por dar sólo algunos ejemplos, siempre hay dos partes. La primera, la que recibe la coima; la segunda, los empresarios beneficiados que las pagan y que no siempre son testaferros del poder político.
Tampoco puede decirse que el manejo de los sindicatos o de los clubes de fútbol sean ejemplos de transparencia. A lo que hay que agregar que la sociedad en su conjunto es corresponsable de los niveles crecientes de corrupción porque no los repudia con su voto, el arma apropiada a la hora de decidir quién manejará el poder. Existen además casos aún más alarmantes como el de líderes morales ecuménicos que apañan sin disimulo a personas procesadas como Milagro Sala y confunden -por negligencia o simple politiquería- a la sociedad.
Hay una relación directa entre los niveles de corrupción y de deterioro institucional. La tarea de recuperar estándares aceptables de moralidad pública depende de los políticos, pero todos deberían hacerse cargo de la gravedad de la situación y actuar en consecuencia en su propio ámbito.