La visita de Cristina Fernández dejó la posibilidad de hacer algunas lecturas acerca de lo ocurrido antes, durante y después. Queremos hacerlo con uno de los aspectos que destacan a la Presidenta: su forma de comunicación. Es obvio decirlo pero su don de la oratoria la ubica lejos de cualquier otro político actual ya sea oficialista u opositor y recuerda a los mejores del radicalismo que en ese aspecto tuvo en Balbín, en Raúl Alfonsín , y también en el “Bicho” León, a quienes como Cristina hoy hablaban con ritmo, con armonía, con estilo. Hace bien la oposición en no quererla como contrincante porque en la exposición de ideas, conceptos y figuras no tiene quien le haga sombra. “No tienen ideas” dijo ayer Capitanich. Tal vez con los años se analice profundamente sus discursos y desde lo semiológico y lo lingüístico se pueda explicar porqué atrapa a propios y extraños. El último candidato que supo y pudo hipnotizar a las multitudes no fue otro que el Carlos Menem del “salariazo” y la “revolución productiva”. Después, salvo Néstor Kirchner y la propia Cristina, sólo hubo inventos de marketing como lo fue De La Rúa y repetidores de frases hechas como Duhalde, antes Angeloz y hasta mudos de nacimiento, en palabras e ideas, como Horacio Masachessi.
Es notable como la presidenta puede arrancar con una idea, articularla con otras, y desarrollar el cuerpo discursivo de tal forma que, cuando comienza a cerrarlo, vuelve a la idea del inicio y finaliza una alocución coherente y compacta. Y no se está hablando de estar de acuerdo, o no, con lo dicho sino en la forma, el método, y las herramientas que utiliza. El de Cristina está en las antípodas del “discurso árbol” es decir de aquel que comienza con un concepto (sería el tronco) después sigue por una de las ramas (otra idea) y después otra y otra, tantas ideas dijo que se olvidó del primer concepto y mientras trata de recordar de qué estaba hablando... sigue hablando, va transitando otras ramas, hasta que cuando se acordó y volvió al principio, el público ya duerme. Cristina puede hablar sin números, sin cifras. Es más, en su discurso del jueves en Resistencia la primera parte la ocupó en enumerar obras y realizaciones pero su discurso alcanzó los mejores momentos cuando comenzó a hablar de política. Intercala frases y expresiones “propias de una presidenta” con giros, gestos, anécdotas y palabras del uso cotidiano que, inevitablemente, tienen como resultado la empatía con sus oyentes.
Seguramente habrá una estadística que precise cuantos discursos pronunció la presidenta desde su primera asunción, serán muchísimos, y para el enojo de quienes no la quieren “con un uso abusivo de la Cadena Nacional”. Lo cierto es que es muy difícil encontrar discursos muy parecidos entre sí que llevarían inevitablemente a juzgar: “otra vez está diciendo lo mismo”, es notable su carencia de muletillas como también que casi no comete furcios, algo normal cuando se utiliza la palabra hablada. Es muy cuidadosa con los nombre propios y la correcta pronunciación de apellidos y lugares (corrigió públicamente a la locutora que bautizó como “la Leonera” a la localidad de La Leonesa ) y cuando no está segura no duda en preguntar: “¿Eduvigis se dice?”. Algunos políticos utilizan las palabras como un ropaje pintoresco que de alguna manera tape o disimule la carencia de ideas, de objetivos, de propuestas, de un plan. “Y cómo querés que no hable bien, si es un político” se suele escuchar. Pero la comunicación no sólo es con palabras sino también, entre otros aspectos, gestual, y ni bien subió al escenario en la Ruta 16, la presidenta comenzó a bailar, a tirar besos, a apretarse el pecho, lo mismo que al final cuando, tal vez sin proponérselo le dio el premio mayor a un “pícaro” Domingo Peppo.