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    Rozas: "no hay que combatir sólo los síntomas de la enfermedad sino atacar sus causas"

    El ex gobernador del Chaco, Angel Rozas, emitió un documento en el que critica fuertemente la realidad del Chaco y el país: "se multiplican los problemas por la improvisación permanente que generan nuevas inconsistencias en la gestión económica nacional, como el congelamiento de precio que terminará dañando al comercio y la producción con serias consecuencias sobre las fuentes desempleo (...) el año 2012 terminó con una inflación más alta y un PBI sin crecimiento. A contramano de un buen momento en toda América Latina, la economía argentina tuvo resultados magros, con retrocesos en la industria, la inversión externa directa, el comercio exterior y la construcción (...) Hoy la apreciación del tipo de cambio y las distorsiones cambiarias y desequilibrios fiscales son consecuencia de una inflación –ignorada por el gobierno durante 6 años- que es muy superior al ritmo de devaluación de la moneda. Es sabido que el valor de la moneda no solo debe ser garante del orden económico y de la cohesión social para asegurar previsibilidad en las transacciones. También se vincula con la legitimación del poder y del manejo del estado, ya que su depreciación es antes un problema social y político que económico".

    Se multiplican los problemas por la improvisación permanente que generan nuevas inconsistencias en la gestión económica nacional, como el congelamiento de precio que terminará dañando al comercio y la producción con serias consecuencias sobre las fuentes desempleo.

    Si bien Argentina creció desde el 2002 no ha logrado consolidar una estrategia de desarrollo sostenido, ni un lugar definido en el mundo, y la forma en que se conduce hoy la economía sigue acumulando distorsiones y conflictos que agravan las expectativas futuras, situación difícil de explicar luego de más de un lustro de bonanza.

    El año 2012 terminó con una inflación más alta y un PBI sin crecimiento. A contramano de un buen momento en toda América Latina, la economía argentina tuvo resultados magros, con retrocesos en la industria, la inversión externa directa, el comercio exterior y la construcción.

    Pero las peores consecuencias las sufre el interior del país, ya que muchas producciones regionales están entrando en una crisis mayor –dentro de una economía estancada en su conjunto- al decaer su posición competitiva en los mercados de exportación como la fuerte caída en las ventas de fibra de algodón en el exterior. También otros productos regionales registran estadísticas sombrías, como las exportaciones de carnes, arroz, frutas, hortalizas, aceite de oliva, aceituna, vinos, tabaco, madera, etc.

    Las exportaciones de productos regionales están sometidas a duras restricciones que, de no mediar cambios, las llevarán a un estrangulamiento económico por el incremento de todos los costos de producción en dólares que se evidencia en combustible, energía, agroquímicos, insumos para empaques y transportes internos e internacionales.

    Ante este panorama se renuevan las demandas de políticas nacionales y provinciales acordes a las características de las producciones regionales que deberían preservar e intensificar la ocupación y el agregado de valor en origen. Tanto las tarifas energéticas como del transporte de cargas requieren una revisión que atienda a la localización de estas producciones centradas en la logística y la competitividad.

    La competitividad se define por la capacidad de las empresas industriales y agroindustriales de colocar sus productos en el exterior obteniendo una rentabilidad razonable a partir de las diferencias en transformar las materias primas en bienes finales conforme la inversión y la tecnología, el nivel de costos, salarios, insumos, las cargas financieras y los tipos de cambio al que se traducen los costos internos expresados en valores internacionales.

    Cuando la economía gana competitividad es posible la generación de empleo formal, incremento de los salarios en términos reales, aún expresados en moneda extranjera, un excedente comercial que permite acumular reservas y una apreciación de la moneda nacional. Todo ello redunda en un mayor bienestar de la población.

    Para ello se requiere elaborar políticas y legislación impositiva y laboral específica para estas actividades junto a una política cambiara que atienda las profundas diferencias productivas del país. Porque igualar lo que es naturalmente desigual no mejora, sino empeora la situación de los más débiles.

    No resolver estas demandas significa la destrucción de empleo productivo y un mayor deterioro fiscal, que agrava la pérdida de capacidad exportadora y la consiguiente competitividad de nuestras economías regionales.

    Este círculo virtuoso es el que atravesaron en los últimos años muchos países de nuestro continente como Brasil, Chile, Perú y últimamente Colombia. Fue también el proceso de la Argentina a la salida de la convertibilidad tras la crisis del 2001 hasta el 2007 con bajos niveles de inflación y altos niveles de ahorro e inversión productiva.

    No es lo que está pasando en la actualidad. Hoy la apreciación del tipo de cambio y las distorsiones cambiarias y desequilibrios fiscales son consecuencia de una inflación –ignorada por el gobierno durante 6 años- que es muy superior al ritmo de devaluación de la moneda. Es sabido que el valor de la moneda no solo debe ser garante del orden económico y de la cohesión social para asegurar previsibilidad en las transacciones. También se vincula con la legitimación del poder y del manejo del estado, ya que su depreciación es antes un problema social y político que económico.

    Analistas económicos advierten incluso que si ello no ha desembocado en una crisis externa, se debe exclusivamente a las exportaciones de soja; la superficie sembrada en 2002 era de 12,6 millones de hectáreas, hoy ascendió a 18,9 millones profundizando nuestra sojadependencia, circunstancia que nada tiene que ver con la competitividad.

    Durante todos estos años de bonanza no se aprovechó la oportunidad de ampliar, modernizar y diversificar la base productiva para promover la producción de bienes y servicios de conocimiento y tecnología intensivo. Por el retraso cambiario y los costos crecientes, el destino prioritario de nuestras industrias tendrá que ser el mercado interno, mientras el país pasa a depender casi exclusivamente de un solo producto de exportación.

    Por lo tanto la pérdida de competitividad de nuestra economía no es responsabilidad de los empresarios que ven caer sus beneficios para exportar a valores no retributivos; ni de los dirigentes sindicales que pretenden preservar el poder adquisitivo de los salarios. El gobierno nacional debe tomar conciencia de estos desequilibrios y reconocer la inflación entre otros problemas estructurales como el déficit fiscal y energético para confiar el timón de la economía a manos expertas y superar un contexto de improvisación permanente.

    Hace falta un cambio de actitud; no se trata de combatir solo los síntomas de la enfermedad sin atacar sus causas. El actual contexto internacional es mucho más favorable que los altos precios de los productos primarios y la baja tasa de interés, hecho que posibilitaría una salida gradual de la falta de competitividad con menor costo social.

    Nos preocupa francamente que a esta altura no se acceda a admitir el consejo de Aristóteles muchas veces citado por el ex presidente Juan Domingo Perón: “…la única verdad es la realidad…”.

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